Una respuesta a la columna del “turista” Ernesto Tironi sobre Chiloé: “Acerca de mirar sin ver”

Sí, Chiloé es un microcosmos. Sí, tenemos la oportunidad de mirar con detención el fenómeno nacional y global.

Pero no se puede hacer un juicio acerca del estado de la salud y educación en la isla como en un paseo de turista. No se puede afirmar que el único problema de las empresas salmoneras o conservadoras de mariscos sea estético: los techos azules o las boyas como un estorbo en emplazamientos tan bellos. Las islas se ven más limpias, insiste, pero nosotros sabemos cómo las municipalidades, los escolares, los propios vecinos recogen toneladas de basuras de las playas, basura que proviene de la industria salmonera y mitilicultora.

 

Creo, como Ernesto Tironi, que podríamos aprender mucho acerca del modelo de desarrollo mirando a Chiloé. Pero una mirada profunda, no superficial como sus observaciones desde un automóvil en marcha, porque nos quedamos con una realidad pequeña, de postal. Hace falta adentrarnos en la compleja realidad como quien usa un microscopio.

 

Tironi afirma que el modelo neoliberal no es fracaso en Chiloé y busca señales que reafirmen su visión de turista.

 

Los “muelles vacíos” a los que ya no llegan lanchas con gente vendiendo sus productos de pequeña agricultura y pesca artesanal, no son, para quien conoce la isla y su ruralidad, una señal alegre. No han “elegido” cambiar lanchas por camionetas, quienes hoy dejan los mares y el campo. Ya no llegan porque la economía (relación productiva con el mundo) ha cambiado radicalmente. Desde hace algunas décadas, las comunidades no pueden arar, pescar, mariscar como lo habían hecho por siglos, porque la tierra está seca, el mar empobrecido, cercado, destruido. Y no han sido ellos, por cierto, quienes lo decidieron así.

 

Las viviendas nuevas (parecidas a las de Providencia o Las Condes) seguramente tienen sus propietarios allá, en esas mismas comunas lejanas. A lo largo y ancho del archipiélago se venden las pequeñas propiedades antes familiares, ya no las trabajan y reconocen sus propios hijos. Lejos de ser esta una victoria, debiésemos preguntar ¿por qué los chilotes habrían de volver ajeno lo suyo?

 

Toda la exportación que hoy promueve el sistema no ha enriquecido a los habitantes del Archipiélago, antes bien los ha hecho más pobres. Y  una pobreza distinta y radical: no sólo los mares se han vaciado, la destrucción de los bosques ha provocado que sólo en la comuna de Ancud haya más de cien localidades que deben recibir agua potable en camiones aljibe. Las islas pequeñas y los campos están prácticamente despoblados, ya ni siquiera se trata del éxodo estacional  que llevaba a los hombres a trabajar en la Patagonia, la mayoría volvía a invertir lo ganado en sus comunidades. Hoy ya no, ahora se trata de un exilio laboral del que no se regresa.

 

Desde la ventana de su auto, Tironi debe imaginar que los transbordadores son subvencionados y los privados prestan un gran servicio: largo sería profundizar en los problemas del monopolio en el canal de Chacao, su puente todavía en duda, y la cuestionable ‘necesidad’ de llegar al continente. Mas preocupa -esto también se ha repetido mucho- la conectividad interna del Archipiélago. Baste decir que en Dalcahue vuelve a fracasar el sistema porque una sola familia es dueña de los dos transbordadores y se niega (según propias declaraciones) a tener subvención porque se amarrarían al control del Estado que ya no nombra a la comunidad, no nos reúne a todos.

 

La crisis del habitar insular devela el choque cultural entre modelos de vida. A partir de la década de los setenta, se agudizó la idea de que el bienestar sólo es posible en las ciudades, yéndose muchos de sus lugares de origen. Sobre todo jóvenes, dejan la ventana abierta frente a un paisaje extendido, por una casa de subsidio en los extramuros de los pueblos; se van desde un entorno donde son apreciados y queridos al anonimato, al individualismo y la competencia; parten desde su pequeña propiedad a ser parte del mundo asalariado; se van  “porque en el pueblo hay muchas cosas lindas / y allí debe estar la luna” como escribió el poeta Sergio Mansilla.

 

Las comunidades chilotas siempre han luchado contra lo adverso y su permanencia centenaria es muestra de que hubo mecanismos. Pero en los últimos cincuenta años  la contienda se ha vuelto más desigual, demasiado poderosa. Todo atenta contra las herramientas más profundas de la comunidad. Nuestros pueblos de bordemar ya no tienen tierra ni mar donde trabajar en minga, ya no se reconocen los vecinos ni espacio para mirarse y conversar sobre el peligro. El lenguaje del poder amenaza el modo de vida isleño. La concentración en ciudades es cada vez mayor y los únicos que tienen posibilidad de mirar el paisaje abierto desde sus casas, son los ricos. Los que vienen de afuera y están comprando las tierras que los jóvenes abandonan. Los que desde sus autos no saben mirar – no quieren ver – que la pobreza es profunda y cala los huesos.

 

En Chiloé también se produce la paradoja nacional: estas islas  generan mucha riqueza pero la que circula en el lugar es muy poca. El antropólogo Ricardo Álvarez dice que es el pequeño productor quién subsidia al citadino: “ellos traen tesoros desde  sus lugares, cultivados con técnicas ancestrales, se trata de productos ricos, exclusivos, únicos, limpios y los malvenden para comprar sus faltas como ellos dicen; van al supermercado y compran el arroz más barato, los peores productos. Vuelven empobrecidos”

 

Poderoso caballero es Don Dinero: las enormes cifras comprometidas en la construcción del puente sobre el Canal de Chacao –por ejemplo – servirían para resolver nuestros problemas de conectividad interna y varios otros identificados como fundamentales. Pero no. El puente aún inexistente está pensado para facilitar la extracción, para aumentar la fluidez del mercado empresarial.

 

Sí, Chiloé es un microcosmos. Sí, tenemos la oportunidad de mirar con detención el fenómeno nacional y global. Pero no se puede hacer un juicio acerca del estado de la salud y educación en la isla como en un paseo de turista. No se puede afirmar que el único problema de las empresas salmoneras o conservadoras de mariscos sea estético: los techos azules o las boyas como un estorbo en emplazamientos tan bellos. Las islas se ven más limpias, insiste, pero nosotros sabemos cómo las municipalidades, los escolares, los propios vecinos recogen toneladas de basuras de las playas, basura que proviene de la industria salmonera y mitilicultora.

 

Pienso en muchos afuerinos que nunca nos han visto realmente, ni antes cuando venían buscando el paraíso en la rusticidad y prístina belleza ni ahora, cuando interpretan los tacos vehiculares como una señal de desarrollo y mejoramiento vital.

 

Sí, conocí el Chiloé sin luz eléctrica ni agua corriente en las casas. Pero no puedo atribuir estos avances al modelo económico que llega puntualmente a la puerta de las casas de los campesinos a cobrar cuentas altísimas por los servicios.

 

¿Ha mejorado la vida de los chilotes en las últimas décadas? Puede haber camionetas, enormes escuelas casi vacías pero ¿hay mejor educación, mejor salud, más atención a los problemas fundamentales de los isleños? ¿Pueden hacer sus trámites en sus lugares de origen? ¿Pueden conservar sus costumbres,  si así lo quieren? ¿Pueden elegir dónde quieren vivir y cómo?

 

Definitivamente no.

 

Sí, se ha transformado la vida en Chiloé. Se ha degradado.

 

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Rosabetty Muñoz
Poeta y profesora; nació, creció y vive en Chiloé. Ha publicado una decena de libros de poesía, entre ellos Misión Circular (Lumen, 2020) Ha sido reconocida con los premios Pablo Neruda, Altazor y Manuel Montt de la Universidad de Chile.

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